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miércoles, 9 de marzo de 2016

Manuel Lozano Gombault

Manuel Lozano Gombault fotografiado por Adolfo Bioy Casares, 1996

 


 


 


 

El claro regreso


                                           A Mario Benedetti

Cuando el río sube con sus desperdicios

(en la difunta alegría de lo que ha sido revelado),

la mujer abre la jaula.

Una fotografía de impaciencia dirá ser su verdugo,

pero es otra la tormenta entre bambúes;

hubiera sido preciso desterrarse

hasta el no-castigo, hasta la parálisis

de quienes moran la noche

con forma de camelia y maneras de pelícano.

Es probable la escarcha,

como el amor es probable su ácido

y las lívidas rotaciones plegadas sobre el porvenir.

Acaso el testigo,

siempre el acaso merodeador

guardará la muralla.

El altísimo, acaso, ligeramente

profanara las enredaderas de tu heroica pureza.

Se inclina un insecto.

Simulado Antonin Artaud barre los desperdicios:

La vajilla está rota,

Nishapur está en llamas.

No te prepares para el encuentro.
 
¿Cómo creer que lo ignora,

como si hubiera arrojado los granos

de la más fría soledad en su totem?

Nunca más recuerdos para lamer,

ni almendras dispersas.

Jamás un himno para estos perros del adiós.

Que me instiguen a huir.

Anudo la desposesión frente al prodigio.

Dejo las vanidades de este mundo.

Atrás las palabras indulgentes,

Transformadas de arriba abajo por el sacrificador.

¿Hablábamos de paraísos?
 
¡Sí, sí! ¿Y entonces?

¿Cuándo me embriagaron con el nacimiento?

Aquellas fueron las frutas de tu linaje.
 
 
(c) Manuel Lozano Gombault
 
París, diciembre de 1996/Buenos Aires, septiembre de 2002
(Este poema inauguró la edición de "El Oro de los Tigres -Comunicación de Autor",
 del 4-VI-2009




MAISON DE LA VIERGE

Todo viene a mí cuando soy nadie.

Subo los escalones del escondite,

subo desde la barca de un Egeo celeste

(cuya historia no conozco, pero lastima)

hasta el bosque primordial de la alegria.

Todo vino a mí cuando era nadie.

¿Cómo pude saber del resplandor

cuando el mundo vertió escándalo y cenizas?

Tenía dieciséis años, pero albergué

el Secreto hermoso en medio del desprecio.

Todo viene a mí cuando soy nadie,

cuando asciendo por la sangre del hombre

y arborezco, fructifico, y doy a luz

con el ardor del vómito incesante.

Quien toca el corazón, toca su reino.

Yo vagué por el escalofrío.

Me interné -sin esa hiena los miedos-

para nacerme con los brazos en cruz

antes del alba.



(c) Manuel Lozano Gombault

Efeso-Pamukkale, 3-I-2012